Demografía y el mundo de mañana

¿Es el cambio sostenible?

Stuart Basten, Associate Professor in Social Policy, Department of Social Policy and Intervention de la Universidad de Oxford, participó en el Workshop on the Future of Government donde compartió su punto de vista sobre el crecimiento de la población.

Para Basten, si bien estamos ante un desproporcionado crecimiento y un envejecimiento y caída de fertilidad en países occidentales que cuestionan la sostenibilidad de nuestras sociedades, es fundamental abordar los retos demográficos desde una nueva óptica, más completa y matizada que la que venimos utilizando sin interrupción desde hace un siglo. Por ejemplo, el hecho de que un “mayor” siga siendo una persona a partir de 65 años no tiene el mismo sustento hoy que el que tenía hace 100 años. Asimismo, las bajas tasas de fertilidad no son modas, ni están causadas por falta de voluntad de los progenitores; políticas poblacionales centradas en el individuo deben reemplazar aquellas que centran el objetivo en aumentar la productividad.

Se suelen presentar datos de color como que en Japón se venden ya más pañales para ancianos que para bebés, que en España estamos ante una caída pronunciada de la fertilidad, o que las tasas de dependencia sean ya insostenibles, pero ¿estamos realmente ante un problema de fertilidad, o es un problema de envejecimiento? Y, ¿es realmente un problema? Una de las grandes ideas presentadas por el Basten durante la conversación fue que no: que los cambios poblacionales son, por definición, neutrales, y que los problemas solo son causados por las instituciones con las que interactuamos. No hay “óptimos” de población, salvo en casos excepcionales, y salvo desde un drástico punto de vista ecológico (en cuyo caso la población ideal es cero). Tenemos que repensar la manera en que entendemos la demografía y los retos demográficos, y estas son algunas ideas acerca de cómo plantear dichos retos, que desarrollaremos brevemente a continuación:

  1. Resolver problemas demográficos como tasas de dependencia desfavorables con respuestas puramente demográficas no conduce a nada, principalmente porque este tipo de respuestas tienden a no dar los resultados que se espera. Un ejemplo es la política de dos hijos en China, que no está dando resultado
  2. Las instituciones, no la población ni la sobrepoblación, son el problema y tienen la llave a la solución
  3. La manera en que medimos las poblaciones y sus tendencias pueden ayudar o (o dificultar) la manera en que planteamos soluciones y respuestas
  4. Las políticas poblacionales deben estar centradas en el individuo, no en la economía

El papel del Estado en dirigir buenas políticas poblacionales es fundamental, y renovar estas con el paso de los años también. Por ejemplo, la edad a partir de la cual se determina que alguien es “mayor” a efectos legales y jurídicos lleva siendo la misma desde 1916. Son los 65 años. Este punto de referencia no ha sido reevaluado ni por cambios en condiciones de vida, médicos, etc. Tanto la esperanza de vida como la vida productiva de las personas se han visto enormemente incrementadas durante el último siglo, así como los avances que han contribuido al bienestar de la población. Por tanto, en términos demográficos, ser “mayor” hoy en día no debería ser lo mismo de que lo que era hace más de cien años. Sin embargo, cuestiones como el sistema de pensiones y la edad de jubilación llevan décadas sin cambiarse para acompañar a los tiempos.

Estas políticas están anquilosadas por varios motivos, entre los cuales está el mal análisis de la situación demográfica. Por ejemplo, la pirámide poblacional española a priori da miedo (forma de cono invertido), pero no si introducimos en todos los niveles métricas cualitativas adicionales a la mera edad: la calidad de vida de esos mayores es mayor, así como su nivel educativo, y el de sus nietos. Es necesario entender cómo viven los distintos niveles de la pirámide para pronunciar juicios sobre la forma de la pirámide.

Es necesario, además, adecuar políticas de fertilidad que pongan a las personas y sus derechos primero. Por ejemplo, no pensar en las mujeres como recipientes de fertilidad; no pensar en ciudadanos como unidades económicas. Si miramos los números de cuántos hijos quiere tener la gente en comparación a cuántos acaba teniendo, siempre encontramos que el primer número es muy superior al segundo. Encontramos incluso que el primer número se acerca mucho al de tasas de reposición (estos son datos del Eurobarómetro). Debemos fomentar políticas que ayuden a la gente a materializar sus aspiraciones, y la baja tasa de fertilidad tiene causas mucho más profundas que una simple moda por tener menos hijos. El “problema” de las bajas tasas de fertilidad es una tragedia social, indica que algo no funciona en la manera en que funcionan nuestras sociedades, incluyendo los niveles políticos y económicos. Como bien apuntó Basten, “los países tienen las tasas de fertilidad que merecen.”

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