¿Quién teme a la inteligencia artificial?

Innovación e inversión en inteligencia artificial

La inteligencia artificial (IA) tiene muy mala prensa. La cultura popular ha dado de ella una imagen poco menos que terrorífica, a través de toda una serie de películas, como 2001: una odisea en el espacio, la saga Terminator, Blade Runner con sus replicantes o Ex Machina, en las que sus guionistas solo imaginan nuevas formas en las que la inteligencia artificial pueda matar a los humanos. Desde luego, esto ya predispone de por sí al hombre para temer a la IA. Si a ello se añade el rosario de informes que tratan de desentrañar el futuro tecnológico que han aparecido en los últimos años, en los cuales siempre se acaba por concluir que la inteligencia artificial y la robótica van a suprimir una cantidad ingente de puestos de trabajo en todo el mundo desarrollado, porque las máquinas van a sustituir a las personas, entonces tenemos todos los ingredientes que explican el temor a la IA.

Luis Pérez Breva. DS

El problema es que todas estas visiones parten de un error de concepto acerca de lo que es la inteligencia artificial y de cómo puede utilizarla el ser humano. En este sentido, Luis Pérez-Breva, director del MIT Innovation Team, lo primero que se pregunta es qué pasaría si en lugar de imaginar nuevas y más sofisticadas formas en las que la IA pueda matar a los seres humanos nos dedicáramos a construir una inteligencia artificial que nos ayudara.

En última instancia, de eso es de lo que trata la inteligencia artificial, que no es otra cosa que una herramienta de ayuda. Como explica Pérez-Breva al respecto, la IA es una aspiración por alcanzar otro tipo de inteligencia que nos ayude a interactuar con los ordenadores de una forma más “inteligente”, valga la redundancia, de lo que lo hacemos ahora a través de códigos, instrumentos de análisis de datos, buscadores o bases de datos. En última instancia, la IA es un campo de investigación a caballo entre otros muchos campos, como la estadística, las matemáticas aplicadas, la lingüística, el procesado de imágenes y señales o la neurociencia.

Bundesarchiv Bild, Russland, Verschlüsselungsgerät Enigma

Y todo esto, ¿cómo puede causar pánico? Pues a causa de un malentendido llamado test de Turing. Este test fue creado por Alan Turing, el líder del equipo que descodificó Enigma, la máquina para codificar mensajes de los nazis, para tratar de saber si un ordenador era inteligente. Para ello, lo comparaba con una persona para ver si era posible distinguirla o no del ordenador. Si no era posible, el ordenador ganaba. El problema es que el resultado solo reflejaba las limitaciones de la persona haciendo el test, no realmente la inteligencia del ordenador. Por desgracia, a partir de ahí surgió toda una serie de aplicaciones poco imaginativas y de películas que transmitieron una imagen muy negativa, incluso terrorífica, de la IA. Como consecuencia, ahora todo el mundo piensa que la inteligencia artificial está para reemplazar a los humanos, lo que no solo es una idea muy equivocada, sino que, en la realidad, estamos muy lejos de todo eso, como explica Pérez-Breva.

Por ello, para tratar de comprender qué es realmente la inteligencia artificial y perder el miedo a la misma, es mejor preguntarse qué problemas reales podríamos erradicar si estas herramientas fueran algo así como superpoderes.

Para comprender qué es realmente la inteligencia artificial y perder el miedo a la misma, es mejor preguntarse qué problemas reales podríamos erradicar si estas herramientas fueran algo así como superpoderes.

Con este fin, lo primero que hay que hacer es separar el grano de la paja, esto es, qué es lo que se anuncia como inteligencia artificial y que es lo que realmente se puede considerar como tal. Porque lo que se presenta como inteligencia artificial, en realidad, son tecnologías como el reconocimiento de pautas, el machine learning, los instrumentos de estadística y análisis de datos, el procesado del lenguaje natural, la robótica y la automatización, que son cosas que hemos hecho durante muchos años antes de que existiera la IA. Es decir, se conoce como inteligencia artificial a cualquier cosa que se pueda hacer con un ordenador. Al mismo tiempo, los productos que se imaginan son la segmentación para hacer marketing online, la predicción de valores futuros, los sistemas de recomendaciones, el ajedrez y el go, los chatbots y los sistemas de voz, los robots y los vehículos autónomos, todo tipo de datos, etc. La evidencia, sin embargo, apunta a que todo esto ni son grandes ideas, ni son inteligencia artificial, explica Pérez-Breva.

Para inventar realmente la IA tenemos que asumir dos cosas: una es entender qué hace que la búsqueda de imágenes en Google sea inteligente; la otra, que tenemos modelos de negocio sobre la inteligencia artificial muy distorsionados, que no ayudan a descifrar para qué sirve, pero que generan pánico porque siempre dicen que el principal objetivo de la IA es reducir la plantilla de las empresas. Pues bien, este objetivo es el mismo desde hace sesenta años y siempre ha salido mal, indica Pérez-Breva. La inteligencia artificial no sirve para eso porque lo que nos hace seres humanos es, precisamente, lo que no tiene el ordenador.

En el mundo de los negocios también se dedican a imaginar tareas que ya hacen los humanos, en lugar de imaginar tareas que los humanos no hacen, o no pueden hacer, continua Pérez-Breva. Además, suponen que los datos son valiosos per sé, cuando solo lo son para la estadística. Y, por último, suponen que necesitamos pautas complejas para predecir reglas de comportamiento de sistemas complejos. Esto es lo que se entiende en el mundo de los negocios sobre cómo utilizar la inteligencia artificial.

Todo esto, sin embargo, no son más que piezas y cada una de estas cosas nos enseña maneras en las que utilizar la inteligencia artificial hoy, indica Pérez-Breva. Por ejemplo, Facebook procesa grandes cantidades de datos para extraer información parecida a la que hubiese hecho una compañía de marketing en el pasado. También tenemos compañías que utilizan las estadísticas para recomendar cosas. Lo que hacen es ser intermediarios y agregar el comportamiento de muchos humanos para producir una recomendación personalizada para un individuo concreto. Es decir, los humanos recomiendan películas y lo que hace el buscador es reunir estas recomendaciones para ver qué es lo que va a sugerir a una persona en particular. También hay ordenadores que imitan a humanos, como Siri. Y hay robots. Hay herramientas para que uno mismo maneje sus datos. Y luego está lo que siempre hemos podido hacer con los ordenadores, que ahora se le llama inteligencia, pero que, básicamente, es información resumida. Por tanto, lo que hay que hacer es pensar qué podemos construir con todas estas piezas que, en lugar de matarnos, nos ayude.

Hay tres cosas que podemos hacer con ellas. Una es reunir piezas de información de distintas fuentes, sin un modelo preconcebido. Después el ordenador descubre el modelo. Esto es lo que hace Palantir, una empresa que construye software que conecta los datos, las tecnologías, los seres humanos y los entornos. Otra es encontrar información usando ejemplos, por ejemplo, tararear una canción y que el teléfono la encuentre. Por último, el pensamiento más avanzado es poder utilizar la inteligencia artificial para construir narrativas de datos, poder explicar los datos de una forma en que podamos tomar decisiones para poder atajar problemas reales que no podemos resolver de ninguna otra forma. Esto, por supuesto, no tienen nada que ver con masacrar humanos.

Además, con la inteligencia artificial, más que con ninguna otra tecnología, se puede empezar a trabajar con una pregunta para la que aún no hay respuesta y desandar los pasos, incluso cuando la ciencia no puede encontrar una explicación. Con las herramientas de la IA podemos hacer la ciencia más accesible, prepararla para que, quien quiera, pueda valerse de ella para avanzar e innovar, de igual modo que una búsqueda por internet abre puertas que antes no existían. Eso es la inteligencia artificial y todo lo demás es fruto de una imaginación desatada, pero también desencaminada.

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