Extremismo y populismo en el Mundo Árabe

¿Qué puede hacer Occidente?

Un fantasma recorrió el mundo árabe en 2011, generando protestas en la práctica totalidad de los países de la región, derribando cuatro gobiernos, y provocando tres conflictos armados aún abiertos siete años después: el fantasma de las primaveras árabes, que clamaba por mejoras socio-económicas, mayor participación política, y, sobre todo, Dignidad.

Su fracaso en la mayor parte de los países se ha traducido en el regreso a una situación no muy diferente de la que existía antes de las protestas. Pero volver a las causas no suele ser un buen programa para evitar las consecuencias. Parece difícil pensar que las intensas y extensas movilizaciones populares fueran un acontecimiento histórico aislado y que tras este breve paréntesis revolucionario hayamos aterrizado en una situación de estabilidad duradera.

La profunda frustración que originó estos movimientos no sólo no ha desaparecido, sino que continúa acumulándose y aumentando en intensidad a causa de la prolongación de conflictos armados con cientos de miles de víctimas y millones de desplazados, la presencia de Estados fallidos o divididos, la sensación de impotencia frente a la cuestión palestina, las cada vez más agresivas rivalidades regionales, el terrorismo, las tensiones sectarias, la desigualdad económica, el desempleo, la corrupción, la falta de libertades políticas, y numerosos otros factores. No es fácil encontrar en la región un lugar donde descansar la mirada.

Hemos visto en Occidente cómo la frustración generalizada puede tener consecuencias políticas significativas a través de la aparición y consolidación de movimientos populistas. A pesar de su enorme diversidad, estos grupos comparten, entre otros rasgos, una lógica interna basada en la centralidad de las cuestiones de identidad.

Los populismos no se limitan a reclamar una mejor distribución de los recursos, sino también de las oportunidades, de la atención e incluso del respeto, como señalaba recientemente Timothy Garton-Ash. Para ello explotan los sentimientos de injusticia y exclusión para presentar la imagen de un pueblo marginado por sus propios dirigentes, reclamando para sí la representación de esta comunidad y construyendo una identidad definida frente a terceros. La creación del “Otro” como enemigo es un elemento clave de los populismos.

La creación del “Otro” como enemigo es un elemento clave de los populismos.

Esta retórica resulta especialmente poderosa en el mundo árabe. El islam juega un papel central en la construcción de la identidad, que va más allá del aspecto estrictamente religioso. Y Occidente es percibido en algunos casos como hostil frente al islam y a los musulmanes y por lo tanto como una amenaza para la supervivencia de la comunidad.

Estas percepciones, en ocasiones inconscientes, son explotadas por la propaganda extremista, que centra su mensaje en la defensa de los individuos y las sociedades árabes, y de la propia religión, frente a supuestos ataques de Occidente. Su estrategia de comunicación resulta extraordinariamente eficaz porque recoge los sentimientos de frustración individual o colectiva y los integra en una visión coherente y completa del mundo y de la Historia, que incluye narrativas, referencias culturales, experiencias personales, emociones y acontecimientos actuales, proporcionando certeza psicológica y cognitiva, sentimiento de pertenencia y motivación para actuar de manera concreta y dar sentido a todo lo anterior.

El riesgo principal, sin perjuicio de los efectos para el reclutamiento de terroristas y combatientes, es que esta visión del mundo se extienda más allá de los grupos violentos y pueda llegar a calar en sectores más amplios de las sociedades árabes. La profunda sensación de desesperanza y abandono puede hacer que extremistas de todo tipo se conviertan en los más eficaces emprendedores locales en lo que Pankaj Mishra denomina la floreciente economía de la desafección. Nuevos y viejos actores pueden colonizar el espacio político vacío existente entre partidos tradicionales y grupos violentos, explotar la frustración de la población, y crear una identidad política nueva basada en la defensa del islam y la hostilidad hacia Occidente.

Recapitulando, la enorme frustración imperante en la región crea un terreno fértil para el éxito de movimientos populistas. Estos movimientos podrían utilizar el discurso actual de grupos extremistas, centrado en la defensa del Islam como religión y como identidad frente a lo que se presenta como la agresión de Occidente. Ello no implica necesariamente la justificación de la violencia, pero puede generar una ideología con un fuerte componente anti-Occidental.

Este desarrollo podría tener importantes consecuencias políticas y estratégicas, favoreciendo un escenario global de desconfianza y rivalidad basado en elementos culturales e identitarios, centrado en la percepción de un enfrentamiento entre Occidente y los 400 millones de árabes, que podría influir de manera significativa en la interacción con 1.800 millones de musulmanes en todo el mundo

Este resultado no es en absoluto inevitable. ¿Qué puede hacer Occidente ante esta situación? El punto de partida debe ser la necesidad de entender lo que está pasando, abandonando la visión de túnel que nos hace mirar la región únicamente desde el punto de vista de la seguridad y el extremismo para comprender de manera realista las dinámicas en marcha y los actores relevantes. En este punto es importante acercarse al fenómeno religioso con una mentalidad abierta, evitando trasladar categorías políticas occidentales o proponer modelos de Estado alejados de las tradiciones locales.

Es necesario además mejorar la comunicación con las poblaciones árabes. El quasi-monopolio de los grupos extremistas en las redes sociales puede llegar a imponer una imagen manipulada y parcial de las relaciones con Occidente, y generar una visión del mundo basada en criterios identitarios construidos en torno a la defensa de la religión y la cultura propias en oposición al mundo Occidental.

Obviamente, la comunicación por sí sola no puede hacer desaparecer los profundos problemas de fondo que están en el origen de la frustración. Es necesario encontrar una solución para los conflictos, reformar la gobernanza mediante un nuevo contrato social, reforzar todos los aspectos del desarrollo humano y renovar las relaciones del mundo árabe con el resto del mundo.

Occidente se encuentra en este ámbito en una situación paradójica, ya que la evolución de la región puede afectar muy directamente a su seguridad y su evolución política, pero las intervenciones directas han demostrado reiteradamente su carácter contraproducente. El Juramento hipocrático, Primero No Hacer Daño, puede ser un excelente punto de partida para nuestra interacción con el mundo árabe; implicaría una conciencia del carácter inter-relacionado de los conflictos y la voluntad de no buscar soluciones a cuestiones aisladas que puedan en última instancia agravar la situación general.

No hay puntos de no-retorno en política. Pero si dejamos que la situación en el mundo árabe continúe deteriorándose y que se instale en sectores significativos de la opinión publica la percepción que el Islam debe ser defendido frente a Occidente, el retorno a un modelo de cooperación y confianza mutua puede ser largo y doloroso.

La creación de la Unión Europea ofrece un modelo a seguir. Conviene no olvidar que hasta su creación tras la segunda guerra mundial Francia y Alemania se habían enfrentado militarmente prácticamente en todas las generaciones anteriores. La visión, la voluntad y el liderazgo de un grupo de dirigentes políticos cambió para siempre la dinámica histórica haciendo la guerra no solo imposible, sino inimaginable.

Este artículo, escrito por José Antonio Sabadell, está basado en el Informe Managing Anger: The Politics of Frustration in the Arab World and its Implications for the West publicado por el Belfer Center de la Universidad de Harvard.

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José Antonio Sabadell es diplomático español desde 1993 y Fellow de la Fundación Rafael del Pino y el MAEC. Ha sido Embajador y Jefe de la Delegación de la Unión Europea en la República Islámica de Mauritania hasta agosto de 2017. Su investigación actual se centra en el extremismo islámico, en particular la percepción de Occidente por parte de grupos islámicos radicales. También está siguiendo asuntos relacionados con la seguridad, el Sahel y la migración.

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