Una radiografía del populismo

¿Cómo pueden las sociedades occidentales afrontar este problema?

Desde el último cuarto del siglo XX, parecía que la democracia se había asentado definitivamente como la forma de gobierno indiscutible en Occidente, que había triunfado sobre cualquier otro sistema y que, por tanto, nada ni nadie podría volver a cuestionarla. Hoy, sin embargo, en la mayoría de los países desarrollados han surgido líderes y grupos populistas que pueden suponer una amenaza real a esos valores democráticos que las sociedades avanzadas creían inmutables. Para poder conjurar esa amenaza, es preciso conocer la naturaleza del populismo, sus características, porque en ellas es donde reside el peligro al orden democrático establecido.

El auge de los movimientos populistas se ha producido en casi todos los países occidentales y, como recuerda Luis Garicano, catedrático de Economía y Estrategia y director del Centro de Economía Digital de la IE Business School, en unos el populismo es de derechas y en otros es de izquierdas, pero en todos ellos son movimientos reales, con presencia real y efectiva en la vida política y social de las naciones.

De esta perspectiva se puede extraer una primera conclusión: el populismo carece de ideología. Más bien, como dice Tano Santos, catedrático David L. and Elsie M. Dodd de Finanzas y co-director del Heilbrunn Center de la Universidad Columbia, el populismo es un lenguaje, una forma de comunicación, para formar una mayoría a la que luego dotar de contenido. Detrás de los movimientos populistas no hay un sustrato ideológico común, sino que el populismo adopta uno u otro en función de los países en los que se desarrolla y de las circunstancias particulares de cada uno de ellos.

Lo que sí tienen en común los movimientos populistas es que todas sus propuestas políticas son propuestas de actuación a corto plazo, explica Tano Santos, en vez de hablar del largo plazo, que es cuando aparecen los costes de esas propuestas. Esto permite a los movimientos populistas ofrecer soluciones sencillas, las del corto plazo, a los problemas del largo plazo, que requieren de soluciones más complejas.

Las barreras que protegen las democracias frente a los embates del populismo, no son fuertes.

Un segundo denominador común de los movimientos populistas es la crítica a las normas establecidas porque, dicen, van en contra de la voluntad del pueblo. Es más, lo que hacen los populistas es negar la legitimidad del sistema, de las instituciones, señala el economista Luis Garicano. Pero ¿por qué lo hacen? Pues porque, como recuerda Tano Santos, las instituciones están diseñadas para proteger a la sociedad frente a la arbitrariedad del poder. Por eso, lo primero que quieren los populistas es destruir esas instituciones, puesto que la voluntad del líder máximo no acepta cortapisas.

Tano Santos, Jesús Fernández Villaverde y Luis Garicano: “El crecimiento del populismo, la polarización y el nacionalismo”, en Madrid el 17 de mayo de 2018.

Jesús Fernández Villaverde, catedrático de Economía en la Universidad de Pensilvania, señala una tercera característica común a todos los populismos. Todos ellos tienen un discurso muy bien estructurado en el que establece una diferencia clara entre las élites, a las que acusa de tratar de extraer rentas, y el pueblo, que es quien sufre. Esta visión de un discurso alternativo es importante porque explica el comportamiento del populismo en el sentido de criticar las normas y las instituciones establecidas, acusándolas de no responder a la voluntad del pueblo y de estar al servicio de las élites dirigentes. Y ese es el argumento que permite a los populistas atacar a las instituciones establecidas para frenar la arbitrariedad del poder, porque son las que les impiden alcanzar sus objetivos, sean cuales sean estos. El problema, apunta Garicano, es que las barreras que protegen las democracias frente a los embates del populismo, no son fuertes; por el contrario, son más débiles de lo que se piensa, sobre todo cuando hay actores que niegan la legitimidad de las instituciones, que constituyen los cimientos fundamentales de esas barreras.

En todo movimiento populista es de suma importancia la existencia de un líder carismático, señala el profesor Garicano. Un líder que se arroga a sí mismo el carácter de representante de la voluntad del pueblo, de hablar en su nombre, aunque nadie le haya conferido esa potestad. Pero el decir que habla en nombre del pueblo es la justificación que pone el líder carismático a unas actuaciones que, en muchos casos, conducen a sobrepasar los límites que protegen a las sociedades de los abusos del poder.

Detrás del populismo hay un sustrato económico. Como explica Garicano, el cambio tecnológico y la globalización suscitan en la clase media muchos temores frente al futuro, temores relacionados con su empleo y con su nivel de vida y de bienestar. Entonces surge una necesidad común, que es la de defenderse frente a esa amenaza. En ese contexto, la tribu, que es lo que viene a ser el populismo, cobra sentido.

Tano Santos matiza que todos estos cambios afectan a la gente de forma muy desigual. Hay personas a las que el cambio tecnológico les favorece, por su formación y conocimientos, mientras que hay un porcentaje de la población que vive con ansiedad las consecuencias de estos cambios y demandan más seguridad, en forma de más estado del bienestar, más políticas sociales, etc.

Por su parte, Jesús Fernández Villaverde añade que también hay que tener en cuenta los elementos culturales, puesto que las normas sociales cambian con el tiempo. Además, existe un factor común muy importante: la inmigración. Cuando la desigualdad crece, aparecen personas que culpan de ello a los inmigrantes y quieren volver a situaciones anteriores en las que los inmigrantes no estaban.

Teniendo en cuenta todo lo anterior, ¿cómo pueden las sociedades occidentales afrontar el problema del populismo? Luis Garicano estima que hay que liderar el futuro y proteger a los ciudadanos de las incertidumbres relacionadas con el cambio tecnológico y la globalización. Tano Santos añade que hay que repensar el estado del bienestar, que debe estar diseñado para afrontar estos desafíos. Y el profesor Fernández Villaverde concluye que hay que estar alerta ante el deterioro de las instituciones: no se trata de reprimir el discurso populista, sino de proteger las instituciones.

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